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  • Emanuel Franco

La Flor Mágica Capítulo 1


Aquella mañana traía consigo el aroma a tierra mojada. Había llovido toda la noche, el campo estaba húmedo y fresco. Comenzaba la temporada de lluvias. La naturaleza tenía un particular resplandor infantil proveniente de los barcos de papel que circulaban en los arroyos. Las casas de adobe salpicaban los campos y los niños corrían entre la hierba que comenzaba a brotar.

Era viernes. Antonio iba con aquella alegría que lo asaltaba cada vez que su padre lo llevaba a la ciudad.

Su padre, José Antonio, un hombre alto a quien los años no le habían traído una sola cana, seguía tan joven como cuando tenía veinte.

Antonio no recuerda cuándo comenzó a querer a ese hombre alto y sabio, pues sólo podía decirse a sí mismo que lo había querido toda la vida. “Toda la vida” es poco y confuso para un adulto, pero para un niño es realmente todo lo que de existencia y sentido hay en su corazón: un parpadeo de felicidad. Su amor era puro, incondicional, arriesgado, redentor... todo lo acumulado en una memoria de escasos siete años de edad.

Llevaban tres cuartos de hora sentados en la camioneta. Salteaban brechas y piedras que les salían al encuentro constantemente. Antonio miraba por la ventana y conversaba consigo mismo. Llevaba un camión de madera que sacaba de vez en cuando para simular que en él viajaba con su padre a través del campo, mientras sus pequeñas manos conducían por caminos salpicados de charcos.

Los árboles destilaban las últimas gotas de agua que se habían almacenado en el follaje. Mientras padre e hijo hacían un rutinario viaje de negocios, su madre y su hermana estaban en casa ocupadas en los quehaceres de costumbre: limpieza y cocina.

Ese viaje era ya común. José Antonio visitaba dos o tres comerciantes en la ciudad para intercambiar los productos que obtenían en el campo, después iban al mercado a comprar algunos víveres y regresaban al mediodía.

Antonio no entendía muy bien aquellos negocios, pero sabía cómo hacerlos; conocía el protocolo de presentación, los costos de los productos y la formalidad con la que su padre se despedía de sus amigos. Le fascinaba ver aquello, lo único que quería era ser grande y hacer lo mismo.

Pero algo había cambiado.

Desde hace un mes, cuando José terminaba sus labores comerciales, se dirigía a una calle que estaba al costado del mercado y entraba a una casa donde un extraño hombre le pedía al pequeño que se quedara afuera. Antonio no lo sabía, pero eran visitas al médico del pueblo. No entendía por qué su padre entraba ahí, pero tampoco le importaba.

Ese día, mientras José hacía tan misteriosa visita, Antonio se quedó en la defensa trasera de la camioneta para jugar con su camión de madera. Al poco rato vio a un niño que salía de la tienda de la esquina: traía consigo un grande y colorido libro. Antonio pudo ver que era un cuento ilustrado.

A Antonio le gustaban los libros, así que hizo su camión a un lado, saltó de la defensa y caminó cauteloso hacia el establecimiento. Era una gran casa con largas pero estrechas ventanas que dejaban ver algunos libreros que estaban en el interior.

Antonio acercó su cara a una de las ventanas y contempló aquel enigmático lugar. Abrió bien los ojos, estaba maravillado, nunca había visto tantos libros juntos. Sólo conocía las tres o cuatro encuadernaciones que el maestro del pueblo, cuando estaba sobrio, llevaba bajo el brazo cada vez que iba al rancho a enseñar a los niños a leer.

Pasó la vista por todos los estantes con la cara recargada en la ventana. El polvo en el cristal no le permitía ver con más detenimiento, tampoco darse cuenta que el librero le hacía señas desde el mostrador para que entrase. Antonio se sorprendió, pero supo que aquella mano no lo estaba reprendiendo, al contrario, lo invitaba a pasar.

Dio unos pasos y se detuvo en el dintel de la puerta.

–Pasa, pequeño –le invitó el hombre, con un tono amable y apacible– ¿Cómo te llamas?

–Antonio –respondió sin poder despegar la vista de los libros.

–¿Te gusta leer?


Asintió con la cabeza.


–Ya veo –dijo el hombre con una sonrisa que cada vez se hacía más grande y amistosa. Pero Antonio no lo escuchó, sus ojos brillaban ante un cuento especialmente ilustrado. Era un libro cuadrado del todo. En la portada había un gran peñasco con una flor blanca que él no había visto nunca, y que relucía como una gran luciérnaga. El libro se titulaba La flor mágica.

El librero acertó al ver que el niño había quedado deslumbrado por aquel cuento.

–Si quieres, puedes tomarlo.

Antonio lo miró con sorpresa, después caminó hacia la mesa sobre la que estaba el libro, lo tomó con cuidado y abrió la primera página:

Había una vez un príncipe que podía hacer magia, pero todo lo que hacía desaparecía de sus manos y aparecía en otro lugar y en otro tiempo.

–¡Antonio!

Se escuchó la voz de su padre que gritaba desde la acera de enfrente. Antonio cerró el libro, levantó los hombros y volteó hacia la ventana. José caminaba de un lado a otro buscando a su hijo.

El niño soltó el libro sobre la mesa y salió corriendo para encontrarse con su padre a media calle. Mientras era reprendido, el librero salió del establecimiento con el cuento bajo el brazo. José lo reconoció en seguida, todos se conocían por aquellos lados.

–Así que Antonio estaba contigo –dijo mientras se daban un fuerte saludo de mano.

El pequeño subió a la camioneta, sabía que los niños no debían escuchar las conversaciones de los adultos. Su padre sólo le permitía estar presente cuando hacía negocios, pues era indispensable aprender el oficio. Fuera de eso, nada debía entrar pos sus oídos ni salir por su boca en presencia de los mayores.

Antonio siguió los gestos de la conversación desde el interior de la camioneta. Su padre se veía contento, estaba hablando con un buen amigo. Los dos hombres voltearon al unísono y miraron al niño. Antonio, por su parte, se sintió reprendido y con un pequeño salto echó la vista al frente. Unos segundos después se abrió la puerta del conductor, la conversación había terminado y era hora de volver a casa.

–Roberto me ha dicho que te gustó este libro –dijo al tiempo que lo dejaba caer en las piernas de Antonio.

El niño arqueó las cejas con asombro y sus manos se apresuraron a levantar el nuevo tesoro. La flor mágica era suyo.

José ya había arrancado la camioneta. La ciudad había quedado atrás en una nube de polvo que salía de las llantas traseras.

–¿Y tu camión? –preguntó José a mitad de camino.

Antonio ahogó un grito. Se puso de rodillas para ver la defensa trasera a través de la ventana, pero el camioncito ya no estaba ahí.

–¡Se quedó tirado en la calle!

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