Rayando las paredes

February 8, 2015

 

     Era muy temprano y Jesús ya se había levantado. María abrió los ojos con el primer resplandor del sol que entraba por la ventana y vio a su hijo sentado sobre el suelo, jugando con un puñado de piedritas con el que siempre se divertía. José aún dormía, el día anterior había tenido una larga jornada de trabajo.

     Un silencio inundaba la casa, el silencio que tanto deleitaba a la familia de Nazaret.

María se preguntaba qué era lo que pasaba por la mente del niño cada vez que colocaba una piedra sobre otra. Desde que había comenzado a gatear, el pequeño Jesús se apresuraba a recoger cuanta piedra encontraba a su paso, y se ponía a inspeccionarlas en silencio mientras sonreía como si estuviera tramando algo.

     Su madre sabía que los niños imaginan muchas cosas mientras juegan, que los objetos simples siempre cambian de forma ante la creatividad infantil, ella misma había sido una niña y recordaba todo eso.

     María se levantó, Jesús se puso de pie y la siguió. El niño apenas balbuceaba algunas palabras, pero se las reservaba para cuando realmente las necesitaba. Ella abrió la puerta y el niño la siguió decidido a salir de casa. Era como un ritual propio de la relación entre la madre y su hijo. Ella le despejaba el camino para que el pequeño Jesús pudiera jugar afuera. Confiaban el uno en el otro: María sabía que Jesús no se alejaría de la casa, al menos no a los tres años de edad, y Jesús sabía que su madre le permitía salir a tomar aire fresco cada mañana.

     Jesús jugaba afuera como todos los niños de su edad, con lo que encontraba a su paso, pero esa mañana tenía un plan diferente. El sol sería su cómplice y su madre, su testigo.

     El día anterior se había dado cuenta que el carbón manchaba y que era posible utilizarlo para hacer dibujos. Antes de dormir había escondido un pedazo debajo de una piedra para intentar bosquejar algo en la pared por la mañana, cuando la luz del día se lo permitiera. Fue una idea súbita que le abordó la mente justo antes de que su madre lo llamara para irse a dormir.

     En su corazón atesoraba una escena que venía en sueños. Era una imagen simple, cotidiana, pero de gran trascendencia, una imagen que cambiaría su vida y la de nosotros… El pequeño Jesús jamás se había detenido a pensar de dónde venían sus sueños, pero los disfrutaba mucho y hacía todo lo posible por retenerlos. Éste era el más significativo, el que lo hacía feliz.

     El poder dibujar con carbón era para él la oportunidad de inmortalizar su primera obra maestra. Quería hacer un mural con ese sueño que tanto le gustaba.

     Despacio y cuidándose de no ser visto por su madre, pues presentía que aquello iba a ser una travesura, sacó el pedazo de carbón de donde lo había escondido. Después lo frotó con sus dedos buscando la mejor punta. Miró hacia el horizonte, el sol teñía la aldea de cálidos colores. Llenó sus pequeños pulmones de aire fresco y comenzó a trabajar.

     A los pocos segundos el niño había hecho una réplica a escala de la colina que estaba detrás de su casa. Sobre ella comenzó a dibujar el sol, tal y como lo veía en ese momento. Luego hizo una casa, lo más parecida posible a la suya. Después comenzó a dibujar con suma cautela unas cantas ovejas y, al lado contrario, el lobo que aparecía en sus sueños queriendo devorarlas.

     Pero justo antes de que la malvada bestia atacara a los nobles animales, el niño se paró en medio y comenzó a trazar las líneas que pronto serían un pastor con un bastón.

Jesús se aseguró de que el personaje fuera lo suficientemente valiente como para cerrarle el paso al enemigo. Luego se imaginó que el bastón tenía la fuerza y rigidez de diez hombres, suficiente para proteger a las ovejas.

     La obra estaba casi consumada. El mural era perfecto, sólo faltaba repasar algunas líneas antes de darlo por terminado.

     En ese momento imaginó a la bestia saltando sobre el pastor quien daba su vida por sus ovejas.

     María se acercó sigilosa y contempló a su hijo quien, al mismo tiempo, fijaba la vista en su propio futuro.

     María estuvo a punto de reprenderlo, pero decidió guardar silencio. Sabia decisión.

     Era sábado por la mañana mientras el pequeño Jesús trabajaba en su propia historia, rayando las paredes.

 

 

 

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